
En
el siglo XX ha sido escaso el interés en nuestro país por el género
macarrónico y la figura de Folengo, a pesar de la creciente
evidencia de su presencia en la literatura vernácula. Parece, en
este caso, que se han combinado prejuicios estéticos y el
desconocimiento o desinterés por las relaciones de la literatura
española con el Renacimiento italiano. En 1901 Adolfo Bonilla y San
Martín ofrece la primera mención bibliográfica del poema de
Vergara, y en 1904 realiza una descripción del manuscrito.
Entretanto, Antonio Paz y Melia en la segunda serie de sus Sales
españolas (1902)
edita Bald.,
Merl.
y Pep.
Las posteriores llamadas de atención sobre la presencia de Folengo
en España provienen del extranjero. De tal suerte, en 1912 J. P.
Wickersham Crawford señala y estudia la Moschaea
folenguiana como fuente de la Mosquea
de José de Villaviciosa.
En 1938 Eugenio Mele indicaba el error de Antonio Gasparetti y
Rodríguez Marín al identificar al "Merlín" mencionado en
la Gatomaquia
lopesca con el mago Merlín de la tradición artúrica, y revisaba
los otros pasajes de Lope en que menciona a Merlín Cocayo.
En 1948 Luigi Messedaglia reconsideraba los argumentos que expuso
Bonaventura Zumbini en 1866 para establecer el episodio de las
lecturas caballerescas del Baldo niño como idea precursora de la
locura de don Quijote.
De acuerdo con Rodríguez Marín y Croce, señalaba que Cervantes
había tomado la locura de don Quijote de casos reales ocurridos en
su época por la lectura de libros de caballerías, y marcaba,
además, una diferencia fundamental entre don Quijote y Baldo: el
primero es un auténtico loco después de sus obsesivas lecturas,
mientras que el segundo es un héroe de la más genuina tradición
caballeresca antes, durante y después de sus lecturas infantiles,
que constituyen un episodio anecdótico en su vida, y no una conditio
sine qua non como
en el caso del hidalgo manchego. Pasaba acto seguido Messedaglia a
analizar posibles reminiscencias de Folengo en el Quijote: rechazaba
como tradicionales los motivos de crítica a los venteros, el símil
del tesoro de Venecia y la invectiva contra las armas de fuego
presentes tanto en el Baldus
como en la novela de Cervantes; al tratar de las evidentes semejanzas
existentes entre el procedimiento de la muerte fingida a cuchillo y
con dispositivo lleno de sangre en las bodas de Camacho y la de Berta
en el Baldus
a manos del falso cuchillo de San Bartolomé,
Messedaglia prefiere afirmar que en la narración cervantina no hay
nada de origen folenguiano, y señala como posible fuente de
Cervantes un episodio similar contenido en Le
piacevoli notti de
Straparola, que fue traducida por Juan Francisco Truchado en 1583.
Como conclusión, el crítico cisalpino afirma que no hay ecos
seguros y probados que puedan situar las macarroneas folenguianas
como "fuentes" del Quijote. En 1950 Carlo Cordié lamentaba
la no inclusión de artículos sobre los hermanos Folengo (recordaba
la misión encomendada por Pablo IV a Giambattista de "visitar"
los conventos benedictinos en España) y la poesía macarrónica en
el Diccionario de
literatura española
publicado por la revista de Occidente el año anterior, y animaba a
los investigadores españoles a buscar nuevas trazas de la fortuna de
Folengo.
En
1961 José López de Toro inaugura propiamente los estudios sobre el
género macarrónico en el siglo con un artículo sobre la
composición de Vergara, que contiene una pequeña introducción y
estudio previo a la edición del poema según el manuscrito descrito
por Bonilla en 1904.
En 1963 Vittorio Camera de Asarta arruina las hipótesis de
Messedaglia al descubrir un calco textual folenguiano en el Quijote.
Para la manera en que Cervantes presenta a Rocinante (Quijote
I, 1: "tenía [...] más tachas que el caballo de Gonela, que
"tantum pellis et ossa fuit") la crítica anterior había
señalado como fuente el verso 565 de la Aulularia
u otro de los Captiui
de Plauto que dice pellis et ossa totust. Camera de Aserta señala
las diferencias existentes entre las dos frases y cómo la presunta
fuente plautina deja sin resolver el problema de la mención de
Gonela. Recuerda, asimismo, que Cervantes era un apasionado lector de
los autores italianos del Renacimiento, cuyo conocimiento pudo
adquirir tanto en España como durante su estancia en Italia
(1569-1571). Así, entre los Epigrammata
de Folengo Camera
de Asarta destaca uno titulado Ad
Falchettum, que
contiene la fuente exacta de la cita cervantina (Stare
parangono Gonellae nempe cavalli, / posset, qui tantum pellis et ossa
fuit).
Los
estudios sobre la presencia folenguiana en Cervantes tienen su
culminación en 1973 con la publicación del libro Fuentes
literarias cervantinas,
de Francisco Márquez Villanueva, quien dedica un extenso capítulo a
"Teófilo Folengo y Cervantes". Investigador concienzudo,
Márquez Villanueva conoce las principales aportaciones de la crítica
folenguiana anteriores a los años setenta (De Sanctis, Paoli, Luzio,
Cordié, Billanovich, Tonna, Bernardi Perini, Parodi, Bonora, Croce,
Goffis, etc.). El crítico español abre su estudio ofreciendo una
definición de latín macarrónico acorde con la paoliana, alude
brevemente a la creación del género en el norte de Italia, y a
Teófilo Folengo, de cuyo Baldus
V expone con detalle el argumento. Márquez pasa revista también a
la poesía macarrónica española que le era conocida (Bald.,
mach., Scrib., otios., Merl., metr., Pep.),
y a los testimonios literarios de la fortuna de Folengo en nuestro
país (la adaptación sevillana de 1542, Arias Montano, Barahona de
Soto, Fernández de Velasco, Lope de Vega, fray José de Sigüenza,
Villaviciosa, Suárez de Figueroa). Tras este a modo de preámbulo,
Márquez viene a tratar específicamente de la presencia folenguiana
en el Quijote.
El artículo de Camera de Asarta le anima a buscar otros ecos
merlinianos en la novela inmortal.
Considera, pues, como tales el suicidio fingido de Basilio en las
bodas de Camacho, para cuyos generosos banquetes encuentra Márquez
también un "esquema sugeridor" en la prolija descripción
del banquete que aparece en el lib. I del Baldus;
el falso encantamiento de Dulcinea que Sancho presenta a don Quijote
tiene un precedente en el engaño con que los frailes de la Motella
le roban a Zambello su vaca Quiarina.
Se analiza el tema de los gigantes en la tradición caballeresca
medieval, en la épica renacentista italiana (Pulci, Folengo), en
Rabelais y su presencia en Cervantes. Márquez remite ciertas
afinidades estructurales de Quijote
I con el Gargantúa
(comenzar y acabar
con poemas burlescos de resonancia enigmática y de espíritu
parecido, como los versos preliminares de Urganda la desconocida, y
los ridículos papeles de los Académicos de Argamasilla, cuyo
hallazgo se relata en la última página) a las prosas introductorias
de la red. T, donde se narraba el hallazgo fabuloso de la obra de
Merlín Cocayo.
Considera Márquez que la presencia de Folengo en el Quijote
se define como parte del problema mucho más amplio de sus relaciones
con la épica culta italiana. Analiza, a continuación, la posible
influencia de Ariosto en Cervantes, para acentuar, con más fuerza,
su radical diferencia de planteamientos artísticos. Comenta Márquez
que la idea de considerar el Baldus
como una decidida parodia cómica del tema caballeresco llevó a los
críticos italianos a apresurarse a reclamar para la literatura
italiana una primacía básica en la génesis del Quijote;
estudia, de tal suerte, las hipótesis de Zumbini, y las refuta con
argumentos similares a los de Messedaglia, aunque independientemente
de él,
y niega, por otra parte, con Croce, Salsano y Ramat frente a De
Sanctis, Fòffano, Cian, Cordié y Bonora, que haya ningún propósito
paródico ni satírico en el Baldus,
sino, más bien, un respeto escrupuloso hacia los paradigmas de la
literatura caballeresca. Finalmente, tras señalar que Folengo y
Cervantes difieren, en lo personal, como lo cóncavo y lo convexo,
Márquez estrecha las relaciones entre sus obras:
"Con todo, la deuda material de Cervantes
para con Folengo es, probablemente, mayor de lo que hacen suponer los
paralelismos aislados que ya se anotaron.
El Baldus
es también una obra maestra que causaba honda impresión en los
ingenios más despiertos y conocedores, como basta a probar su
reconocida huella en la obra de Rabelais [...] Incluso las dos partes
del Quijote tienen
cierto parecido de conjunto con las dos mitades del Baldo,
con una primera sección en que se juega el tema del conflicto
material entre caballería y sociedad, y una segunda en que el héroe
parece como perdido en un mundo misterioso y abundante en sorpresas,
donde halla caballeros andantes y palacios encantados "reales".
Muy en primer término, hay en Folengo un amplio tema de base que
continúa siendo también crucial en el Quijote.
Se trata de la pugna de Baldo con la plebe campesina o burguesa de
Cipada y Mantua que narran los once primeros libros del poema. Baldo
y sus amigotes mantienen un forcejeo enconado con la vileza y
estupidez de los destripaterrones, simbolizada, sobre todo, en
Zambello, y la tiranía odiosa de los esbirros y magistrados que
encarna el praetor Gaioffo [...] En el Quijote
se trata del conflicto, matizado a maravilla, entre el temple heroico
del ingenioso hidalgo y la estrechez humana de curas, barberos,
bachilleres, amas y sobrinas de su aldea manchega [...] El paladín
carolingio y su tropa no pueden subsistir como tales en una comunidad
humana dominada por el igualitarismo estatal, con sus leyes, sus
jueces, y sus gendarmes. Son en medio de ella un elemento antisocial,
anárquico, un cuerpo extraño que es preciso eliminar [...] Folengo
tiene que llevárselos a un mundo imaginario, hecho a medida, pero
que se define también como un absurdo todavía más negativo y
estéril, sin final ni escapatoria posible [...] La nítida
formulación de esta idea del anacronismo de la caballería aclara
bien cómo y por qué debió de ser Folengo uno de los autores que
más interesaran a Cervantes. El gran libro macarrónico se nos
acredita como fuente conceptual y temática de importancia superior a
cuanto quepa ver en Ariosto, cuyo supuesto influjo se ha tendido a
considerar, bastante a la ligera, como clave de las relaciones de
Cervantes con la literatura del Renacimiento italiano".
Un
año antes, en 1972, aparecía un trabajo de Alberto Blecua, que
representa, junto con el de Márquez Villanueva, la cumbre de los
estudios sobre la fortuna de Folengo en España.
Blecua estudia con detenimiento la traducción sevillana del Baldus
de 1542, de la que se conoce un único ejemplar, realizada sobre la
red. T. Se trata, como se ha dicho arriba, de una adaptación
libérrima de la obra folenguiana, que es presentada como parte de
una novela de caballerías. El crítico estudia las moralidades y
fábulas intercaladas por el traductor-adaptador, y llama
particularmente su atención el desarrollo novelesco de la etopeya de
Cíngar de Baldus
T II en una autobiografía desenvuelta en forma de narración oral
ante un corro formado por Baldo y sus compañeros. Cíngar se
presenta como un "pícaro -un astuto
en la obra- arrepentido" que cuenta su propia vida desde la
niñez. El paralelismo con los relatos autobiográficos de los
protagonistas de la novelística picaresca posterior resulta evidente
para Blecua, así como sus peculiaridades: el Cingar representa la
vida de un ladrón arrepentido, como será Guzmán de Alfarache, no
la de un niño que, como Lázaro, hurta para comer, y sólo cuando es
niño, cuya existencia está, además, condicionada por su medio
ambiente, mientras que Cíngar gozó de libre albedrío para elegir
su género de vida como en la picaresca del siglo XVII; por otra
parte, tanto en Cingar
como en el Lazarillo
se consigue plenamente que unos episodios tradicionales se incorporen
como experiencias en la vida de un protagonista. Blecua estudia los
episodios
y la estructura de Cingar,
su evidente designio de realismo y verosimilitud, y los más que
notables paralelismos con el Lazarillo
(forma autobiográfica, división estructural tripartita con una
distribución del tiempo similar, motivo del hambre, deseo de
ascensión social, arranque folklórico, prolongado servicio y robo a
un ciego), que le llevan a concluir que el autor del Cingar
utilizó un manuscrito del Lazarillo
o un "Ur-Lazarillo" estilísticamente parejo al que hoy
conocemos. Con todo, "el Cingar,
por el tema y por su tratamiento ejemplar, se aleja del Lazarillo
y se aproxima a la novela picaresca del siglo XVII, de la que es un
rudimentario y esquemático antecesor".
Blecua analiza, finalmente, los libros 2º y 3º del Baldo,
que siguen las aventuras de los héroes folenguianos donde acaba el
Baldus,
y que constituyen unas novelas de caballerías con finalidad
didáctica y ejemplar.
En
el mismo año 1972 Fernando Lázaro Carreter reseñaba el artículo
de Blecua, cuyas reticencias a considerar el Cingar
como modelo del Lazarillo
le parecían injustificadas: en su opinión, el autor del Lazarillo,
leyendo el Cingar,
pudo concebir las posibilidades de una autobiografía picaresca, sin
que haya, por otra parte, en el Cingar
nada que presuponga el Lazarillo.
El
revelador hallazgo de Blecua no parece haber despertado mayor interés
por Folengo como fuente literaria o por la poesía macarrónica en
general. El silencio de la crítica se mantiene hasta 1984 en que
Antonio Torres-Alcalá, quien, paradójicamente, desconoce los
trabajos de Márquez Villanueva y Blecua, publica una monografía
sobre el fenómeno macarrónico en España. En su primer capítulo,
presenta el latín macarrónico como lenguaje intencionalmente
híbrido, concebido como parodia del Humanismo, del que es producto,
y expone una concisa "Grammatica Macarroniae". En el
segundo, distingue el macarrónico de otros hibridismos
lingüísticos.
En el tercero, trata brevemente del ambiente, el periodo histórico y
los escritores (Renacimiento italiano, Tifi Odasi, Folengo), y del
estilo paródico macarrónico y su prosodia. En el cuarto, hace un
recorrido por la macarronea en Italia (antes y después de Folengo),
Francia, Inglaterra y Alemania, y, finalmente, en España.
Torres-Alcalá conoce los textos de la ed. de Paz y Melia reeditados
en la BAE (Bald.,
Merl., Pep.), y los
de Marq.,
y metr.
A todos ellos dedica una pequeña introducción, así como a dos
composiciones poéticas híbridas,
a "la macarronea en el teatro y la prosa" (Gil Vicente,
Lope de Vega, Torres Naharro, Sánchez Barbero, Isla, Ignacio Calvo),
y a la macarronea portuguesa. En un último capítulo, señala la
necesidad e interés de futuros estudios lingüísticos sobre el
lenguaje macarrónico. En apéndice reproduce los textos de Bald.,
las dos composiciones híbridas citadas, Marq.,
metr., Merl., Pep.,
los dos primeros capítulos de la traducción en prosa macarrónica
del Quijote
por parte de Ignacio Calvo, y cuatro macarroneas portuguesas del
siglo XVIII.
En
el mismo año 1984 Juan Gil propone algunas brillantes correcciones
textuales al texto del Bald.
editado por López de Toro en 1961.
Ni
la aparición de la obra divulgativa de Torres-Alcalá ni la
posibilidad que afirma de nuevos descubrimientos en este campo sirve
para animar a nuevos investigadores. En 1990, dentro de un apartado
titulado "Paulo minora" pp. 67-70 del Boletín informativo
de la delegación de Madrid de la S. E. E. C., Vicente Cristóbal
incluía "como pasatiempo y curiosidad" algunos fragmentos
del lib. I del Baldus,
tomados de un ejemplar sin identificar de la B. N. de Madrid, aunque
no hay duda de que se trata de uno de la red. V.
En su excelente obra sobre el
poliglotismo en el teatro lopesco publicada en 1991, Elvezio Canonica
de Rochemonteix nos recordaba, remontándose al brillante momento
investigador de comienzos de los setenta, las frecuentes alusiones a
Merlín Cocayo y su obra en la de Lope, y observaba, no obstante, que
éste no imitó a Folengo en su teatro, en el que los fragmentos en
latín que aparecen remiten a la tradición del 'latín de sacristía'
o grossus de Juan del Encina, Torres Naharro y Gil Vicente.
En 1995, Juan F. Alcina, dentro de su famoso Repertorio,
le dedica un artículo a la "Macarronea", en la que ofrece
una descripción bibliográfica de los mss. y ediciones de Bald.,
mach., y Scrib.,
noticias sobre la actividad macarrónica del Renacimiento (Ambrosio
de Morales, Francisco Pacheco, Leyva, Guevara, Lope de Vega), y
bibliografía (Mele, Blecua, Márquez Villanueva, Torres-Alcalá);
posteriormente, el mismo Alcina señalará al macarrónico como uno
de los géneros poéticos más originales del pleno Renacimiento.
Al año siguiente, aparece un artículo de Xaverio Ballester sobre
dos poemas macarrónicos polacos del alcañizano Ruiz de Moros.
Acerca de ellos realiza un minucioso estudio léxico, y
prosódico-métrico, que constituye un notable ejemplo de endocrítica
en su absoluta falta de referencias a la tradición macarrónica. Del
mismo 1996, finalmente, hemos de citar el sugerente y ponderado
estudio y edición crítica de la macarronea de Iriarte realizada por
Francisco Salas Salgado.