Ya de su gente Gélfora más que enorme matanza
oído había, y con sus propios ojos la viera,
suspensa quedó, y mientras intenta saber los motivos,
hete que añádese la vieja aquella en pelota,
que de las garras de Baldo huyera por el momento. 5
Como la vieja zorra salva mil veces de cepos,
a quien la chusma del campo pusiera en fuga seis veces,
gritando: “¡dale, dale, cógela, que no escape!”
y ella, astuta, llevando la cola bien levantada,
y de su culo tirando pedos pestiferentes, 10
había bastante luchado para salvar su pellejo,
jadea, y un brazo de lengua saca de la su boca;
así tal vieja, abominación de las viejas, se llega,
inficionadora del mundo, que ha poco beldad parecía.
Jadea y jadeando cuenta haber visto de un hombre 15
noble la facha, a cuyo rostro en fiereza par no hay;
quizás se trata de uno de los caballeros errantes,
que como Orlando viene a destruir a las brujas;
y que consigo lleva ocho guerreros armados,
que asustar el sol con su sola mirada podrían; 20
que ella transformádolos había en fieras diversas,
quienes hacer con ella quisieron actos libidinosos;
mas la conducta y el ánimo casto de aquel caballero
habíalos devuelto presto a su propia figura;
de nada valiole desnudar sus bellas tetitas: 25
que a éste ninguna magia, ninguna lisonja
puede engañarlo; que esto fuera quizás de Serafo
celada, quien siempre tiene el deseo enfervorizado
de aniquilar de las brujas los venturosos dominios.
Por eso –concluye- debe tomarse tal iniciativa, 30
que lleve a arrepentirse de sus locuras a muchos,
que así presumen de emprender batalla con dioses.
Gélfora, cuando supo que tales cosas pasaban,
presto manda a su guardia andar detrás de sus pasos.
Se eleva una grita, de armas sonido, estruendo de tubas, 35
de la campana al ‘din, don’ acude una masa de gente,
y alrededor de su reina se agolpan tropas nutridas.
Pero las mil trescientas legiones de los diablos,
que allí solían pasarlo de miedo entre la chusma,
al punto (pues probado habían la fuerza de Baldo) 40
el campo levantan, y buscan en otra parte aposento.
Habiendo Baldo oído tal ruido: “amigos, seguidme”
dijo, y en dirección al palacio dirigen sus pasos.
Hete a lo lejos la maga Gélfora; más fuerte grita
la bestia, cuando distingue a Baldo y a su compañía. 45
Ésta corre montada sobre dorada carroza,
a la que siguen cinco carros llenos de ninfas.
Nunca hubo reina más pomposa que aquésta.
Cuatro se ven palafrenes que llevan cubiertos sus lomos
con gualdrapas de oro, tirando de una cuadriga. 50
Lleva en la mano un cetro y una corona dorada
en la cabeza, y brillante diadema recoge sus trenzas.
Delante van cien sirvientes y tantos palafreneros;
todos ciñen espada o daga a sus costados.
Larga hilera de hombres sigue a algalia oliendo, 55
que jáctanse de ser atildada gente de corte,
pero si vieras con los ojos de la razón sus costumbres,
hombres viriles que son no dirías, sino fulanas.
El cortesano real existía en tiempos añejos,
cuando aquel valiente rey, el óptimo Arturo, 60
egregia corte rigió, además de la Tabla Redonda.
Tristán, Lancelot quienes fueron todo el mundo conoce,
todos también a Galván, y al resto de caballeros
que de Arturo al servicio estaba, y de Ginebra.
Entonces Amor encima o bien una falda[1]
o coraza 65
llevaba, y honor conseguía a base de golpes de espada.
Él de sudor los chorros, y del erial polvareda
tenía de almizcle, de ámbar, y de estoraque de Oriente.
Entonces el porte de un cortesano grato podía
ser y enternecedor para el cor de una dama severa, 70
cuando lavábase sólo con el sudor de celada,
cuando negro de arena lucía al sol implacable.
En nuestro tiempo, empero, ¡oh, dioses!, en estos momentos
si no es con perfumes varios y olor de algalia,
si no es con la cabellera peinada o cortada, 75
de gorros de terciopelo y capillos de oro tocados,
con cordoncillos de oro, empresas bordadas, medallas,
y mil guarniciones en las calzas y en los jubones
buscamos el germen querido de un amor asqueroso.
Mientras Gélfora su carroza veloz apresura, 80
Y otras cinco carretas de putas vanla siguiendo,
a éstas tal que ninfas, diosas y altas señoras
los cortesanillos las acompañan, y les explican
no sé qué sueños que la noche pasada tuvieron.
Y pequeñas mulas montado a paso de ambladura,[2] 85
van mordisqueando palillos de dientes requetepulidos,
pasiones mendaces narran, y van recitando sonetos
bastante mal hilvanados, y dicen mil tonterías
y de su amor cuentan mil nimiedades deslavazadas.
En una alta colina Baldo todo empezaba 90
a ver, y riendo así discurría con sus amigos:
“Mirad, compañeros: entre tantos millares ni uno
que hombre sea distingo, ni quien de madera una espada
sepa desenvainar, ni menos tirar estocadas.
Son éstos de aquellos a quienes la sola barba masculiniza, 95
siendo el resto muy mujeril, bueno para la rueca.
Quiero, empero, que hagamos ahora una proeza.
Finjamos, os ruego, finjamos que estamos muertos de miedo
de esta puta, por cuya causa apesta el planeta.
Estemos, no obstante, atentos a los peligros que nos acechan” 100
Mientras Baldo acuerda así con sus compañeros,
hete que al fin se acercaba la reina de las hechiceras,
Gélfora, que, viendo que había allí caballeros armados,
“Vaya –dice-, ¿qué es esto?¡oh, cosa nunca antes vista!
¿Veis la humana tropa?(¿de dónde tanta locura?) 105
¿quiénes son estos puercos?¿cuál esta sucia ralea?
¿tamaño atrevimiento albergan dentro del pecho,
que penetrar galloferos osan en mis dominios?”
Dijo, y acto seguido despacha a un mensajero,
que sepa de do viene la osadía de hombres malvados, 110
que tienen la audacia de entrar así en el lar de los dioses.
Éste, al galope, de la su boca trinante no aparta
su tromba que suena ton tararan,
hasta dar con el sitio
do Baldo y sus compañeros están pavor simulando.
A éstos el mensajero les habla con tono soberbio: 115
“¡Oh palurdos!¿qué fantasía os ha conducido
así a vosotros impunemente, y como si nada,
a los dominios y las moradas que son de los dioses?
¿acaso ignoráis que éstos son de los dioses palacios?
¡canallas!¿tanta seguridad en vosotros tuvisteis? 120
¡Apresurad vuestra fuga, y levantad ya las tiendas!
¿Así, por tanto, bastardos, canallas, gente tiñosa y
roñosa, vinisteis para tocar un umbral sacrosanto?
Aquí a vosotros me manda aquella honorable guerrera
(Cíngar dice en voz baja: “aquella honorable ramera”) 125
que tiene el mando de estas tierras que son su realengo.
Os manda o bien alejaros de estos terrenos reales,
o bien que vengáis cabeza gacha a verla colérica:
Acaso mereceréis ser un sacrificio propicio,
porque con sangre humana la diosa aplaca sus iras.” 130
Responde Baldo: “¡Ay de nosotros, aquí malhallados!
¿Por qué nuestras madres, cuando del vientre cual caca salimos,
no a otros tantos nabos mejor dieron vida?
Vayamos míseros al sacro numen para aplacarlo,
y adoremos al numen del cielo, pues con plegarias 135
A veces se aplaca la naturaleza feroz de los dioses”.
Sus compañeros a duras penas aguantan la risa,
pero su rostro simula por fuera un gran sufrimiento.
Todos a andar principian con la cabeza inclinada,
como si, tras la espalda manos atadas y cuello, 140
los condujera el verdugo a la horca a ser justiciados.
Entonces el mensajero preséntalos a la reina:
“Éstos los que profanaron de vuestra alteza los reinos”
Gélfora vio con temor el gran grosor de Fracasso,
pregúntale quién es, y de dónde trae su origen. 145
Responde en temblor: “Sturlone[3]
me da como nombre la gente,
de Brescia soy natural, mi raza de aquellos gigantes
desciende, que a Júpiter fuera quisieron tirar de su cumbre,
y de los dioses el reino repartirse por lotes.”
Gélfora más miedo tuvo, cuando oyó todo esto. 150
Luego, mientras mira de Baldo la hechura, su porte
gallardo, sus anchos hombros, y su estrecha cintura,
al punto cayó de Cupido en la trampa untada de visco.
A Baldo así se dirige cortés con amables palabras:
“Tú también, que muestras tener un alma valiente, 155
Dime tu nombre, progenie y la generación de los tuyos”.
Baldo así le responde: “Llámanme Caposecco,
nacido del adulterio de monja con fraile Cappone,
que me concibieron detrás de una columna de iglesia.
Después de darme la vida, al diablo me han consagrado. 160
Soy su devoto, y a él le entrego la vida del cuerpo;
por todo eso, vengo a encontrar a mi padre el Demonio.
El mar, la tierra, y los astros excelsos a mí me rechazan;
Si no de Dios, es justo, pues, que del diablo yo sea”.
Causaron asombro a la reina los dichos del desesperado. 165
“¡Ajá, sacerdotes! –dice-, ya preparad lo preciso,
y tantos altares de holocausto a mí levantadme,
cuantos son estos hombres que sacrificar es debido.
A éste sólo tan bello para mí conservadlo,
que quiero que sea el primer eunuco de mi palacio”. 170
Esto decía aquélla del bello cuerpo de Baldo.
Prontamente obedece la turba de sus servidores,
haces de leña aportan, y prenden un fuego crecido.
Hete curas y frailes que con cogullas y cotas
cantando vienen a toda prisa y desgañitándose: 175
“¡Eu oe iach iach, eu oe, pirila, buf
baf!”
De éstos quien es el primero la capa pluvial[4]
lleva encima,
los incensarios llenan el cielo de un humo profuso,
y vivas antorchas crepitan de los altares en torno.
Gélfora alzose sobre lo alto de una columna, 180
Cual suele ponerse en un pedestal hercúlea estatua.
Allí ser llamada diosa desea la puerca, y así in-
vocada. Suenan roncas las trompas sin pausa cantando
tárara tón tarará ton tón tara tántara
taira.
Ansían los compañeros desenvainar sus espadas, 185
y los incita a carnes rasgar de las trompas la música.
Ya el prior Caifás y el obispo Anás de consuno
avanzan, y se disponen a degollar a Fracasso,
y a recoger su tibia sangre en un recipiente
muy ancho se aprestan, para mezclar con el pan de las brujas. 190
Le dan la orden a éste de que de rodillas se ponga,
porque, igual que a una vaca, con macheta y el hacha
quieren matarlo, y luego meter el cuchillo en su cuello.
Pero Fracasso impaciente gritó: “¡Baldo, aquesto
Va demasiado lejos, dura ya demasiado!” 195
Mientras esto dice, presto en pie se levanta,
coge al pontífice entre sus dedos,
aprieta sus duras
zarpas, y lo aplasta como si bosta füese,
quedando su diestra manchada de mierda mezclada con sangre.
Baldo, viendo ya que la guerra había empezado: 200
“seguidme”, dice, desenvainado cual rayo su espada.
Corre a golpear la columna ya mencionada,
en cuya elevada cima Gélfora se aposentaba.
Ésta cae cabeza abajo con la pilastra,
gritando, y Baldo al punto la agarra por el pescuezo, 205
mientras gente sin cuento acude a prestarle socorro.
Mas Cíngar y el resto de compañeros corren formados,
y en esas escuadras penetran como el rayo y el fuego.
Grita el gigante: “¡Ahora es el tiempo y la hora
de a Dios inmolar las rameras y los cabrones procaces.” 210
Así diciendo, prueba el temple de su badajo,
“¡Ah, pïara de cerdos! –grita Falchetto con Hippol-
¿pensasteis, pues, que nosotros nos chupamos el dedo,
esto es, que encontrasteis corderos, ovejas y cabras,
para sacrificarnos así en honor del Diablo?” 215
Usando de tales bravatas, siguen hiriendo, y no dejan
golpe ninguno sin dar, y mandan cabezas al cielo.
Son siete mil hombres, quienes sus armas desenvainaron,
Y asaltan a Baldo, para recuperar a la puerca.
El ágil Falchetto, empero, acude, y Cíngar con Hipol, 220
Moschino y el resto juntos, quienes en poco momento
forman una montaña con gran montón de cadáveres.
La turba de chicas huye de sus carretas en ruinas,
y aterrorizadas laceran su pecho, y mesan cabellos.
No pierde el tiempo nuestro buen Boccalo, y a aquéllas 225
presto las sigue gritando: “¡Paraos, desvergonzadas!
¡quietas, putillas, porque es preciso daros azotes!
¿adónde vais?, digo, ¡eh, esperad! ¿adónde marcháis?¡eh!
¿adónde escapáis? ahora de mi venganza es el tiempo.
¿Así que hace poco me convertisteis en un borriquillo? 230
¿Así que me habéis rascado la espalda con peine de leño?”
Esto diciendo, empuña un zurriago al azar encontrado.
Como vi en Venecia, cuando el verdugo a las putas
por calle Merzaria[5]
azota, y azotando las corre;
Al fin alcanzadas las desdichadas les pega y machaca: 235
El látigo, empero, maneja de modo más delicado,
cuando trata con jóvenes damas y blancas muchachas:
Sólo a viejas cascadas y a legañosas brujeras
y a las putonas azota con latigazos acerbos,
cuyas espaldas vuelve como jamones de Abruzos[6]. 240
Gritar allí “piedad” y “perdón” no sirven de nada,
pues Boccalo hacía oídos sordos a todo.
[1] Tunc
Amor indossum seu faldam, sive corazzam. Entiéndase
aquí como parte de la armadura.
[2] Et
portantinas properantes supra mulettas. Cfr. XX 798 y X 49
[3] Respondet
tremulus: -Sturlonus nomine dicor: Señala Chiesa el falso nombre Sturlonus
como derivado de la forma dialectal sturlòn
("golpe, choque”).
[4] Quorum
qui prior est, puvialem portat adossum. La
capa pluvial es un manto litúrgico propio de sacerdotes y diáconos.
[5] Per
Merzariam frustat, frustandoque currit: Merzaria es la principal de las calles venecianas, que desemboca en la
Plaza de san Marco (Faccioli-Chiesa).
[6] Terga
quibus parere facit persutta Labruzzi: véase I 469.
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